No
hay derecho, ¡con lo que prometía el chico!
viernes, 3 de febrero de 2017
¿POR QUÉ NO ESCOGEN A VISTALEGRE?
miércoles, 25 de enero de 2017
La verdad de Atocha
Si
tuviéramos que escoger un hecho en el que quedó diáfanamente cristalizada la
legalización del PCE, el hecho sería la matanza de Atocha, prácticamente olvidada
y sin mayor interés salvo para el único superviviente y los familiares de los
fallecidos.
Ayer día 24 se cumplieron 40 años del
asesinato de los abogados comunistas del despacho de Atocha, 55. Más allá de lo
que se pueda seguir diciendo de los autores, a los que se ha perseguido con más
saña que a la mismísima ETA, mejor sería, ahora que todo ha prescrito, que se investigará
a los instigadores y cooperadores necesarios, que los hubo, porque ellos nos
conducirán hata los autores intelectuales, cuyo propósito fue seguir incrementando
la escalada de la tensión, sin romper la cuerda, habilidad en la que los
comunistas eran verdaderos expertos, a fin de conseguir la legalización del PCE,
cuyos estatutos apestaban de contenidos totalitarios y golpistas, dirigido por
dos genocidas de renombre: Santiago Carrillo, la rata de Pontejos, y Pasionaria, el zorrón de hijos sí, maridos no. Y entre ellos, y puede que dando
a los dos, el meón de Alberti, sobre el que siguen pesando acusaciones
gravísimas.
Así pues, aquella acción premeditada, escogida
y dirigida, que consistía básicamente en darle dos puñetazos en la cara o un par
de tiros en las piernas, según fuera la reacción del fulano, Joaquín Navarro,
un paleto al que apenas se entendía cuando hablaba, y al que el PCE a través de
CCOO tenía pautado como cabeza visible de la huelga política que tenía colapsado
Madrid, les salió mejor de lo que habían supuesto.
Por eso, como hemos dicho al principio. Si tuviéramos
que escoger un hecho en el que quedó diáfanamente cristalizada la legalización
del PCE, el hecho sería la matanza de Atocha, prácticamente olvidada y sin
mayor interés salvo para el único superviviente y los familiares de los
fallecidos.
viernes, 29 de julio de 2016
¿Está la unidad de España en la base de la política del Reino de España y en la conciencia de actuación de sus Fuerzas Armadas?
Aun
movilizando todos los recursos legales, administrativos y políticos, la unidad
de España no está garantizada por la fuerza de la razón. Con todo, y a pesar de
todas las objeciones que se hagan, España tendrá que demostrar capacidad y voluntad
de pertenecer al grupo de los países civilizados en los que se respeta el orden
constitucional y las leyes. De ahí que algunos ante esta Cataluña “alzada” propongamos
una respuesta proporcional a la gravedad en el marco del Estado de Derecho:
enviar a la Guardia Civil a restablecer el orden constitucional para demostrar
que su respeto está en la base de la política del Reino de España.
Pero como la memoria guarda una relación de
negociación continúa con el olvido, retengamos en la mente razones suficientes
para abordar el presente que nos aqueja.
La Transición como proceso de
deconstrucción del ser de España se inicia sobre el engaño de una Reforma y se
completa manipulando el descontento de la mayoría de la sociedad española, que
había invocado a sus Fuerza Armadas a rectificar el rumbo de la nación. Así, lo
que verdaderamente acontece el 23 de febrero de 1981 es un autogolpe, calibrado
para después golpear, cuya única inquietud fue el tiempo que algunos tardaron en
decidirse si se sublevaban o no, porque esto de sublevarse no es fácil salvo
para los hombres de honor y para los
valientes.
Con los arrestos establecidos, ni uno más,
pese a que se tuvieron acceso a todas las fuentes policiales, quienes dirigen y
pautan la Transición establecen el protocolo de actuación y el argumento: poner
al Ejército al pie de los caballos para evitar que en posterior ocasión tuviera
algo que decir, dejando muy claro que no importaba tanto la clase de política que
se estableciese en España, porque a quien había que defender era al Rey y al
pueblo. La forma de entender cuatro cosas: Que el país se rindiera a los pies
de Juan Carlos I, por aquellas fechas muy contestado en todos los ámbitos
sociales, aunque todavía no pasaba por la cabeza de nadie echarle, que es
finalmente lo que se ha hecho. Que la huella que han dejado nuestra Fuerzas Armadas
ante el mayor desafió de la nación, la quiebra casi absoluto del orden
constitucional y la falta de respeto a la Ley en Cataluña y Vascongadas, haya
sido la posición de perfil y en primer tiempo de saludo. Que Gibraltar siga
viviendo de España protegida por Gran Bretaña. Y que al frente del Estado Mayor
de la Defensa figurase un tipo como José Julio Rodríguez. De esta forma se
entiende que las Fuerzas Armadas tuvieran necesidad de otro tipo de aprendizaje
para llevar a cabo un resultado más sencillo, ser la tropa más adocenada al
dictado de eso que se ha dado llamar Dividendo de Paz Internacional que impone
la OTAN y algunas veces, no siempre, la ONU, con los resultados que todos
conocemos.
Así, pues, aquella cínica manipulación que
fue el 23-F es la clave para entender todo lo que ha venido y viene sucediendo
respecto al tema que nos ocupa: la unidad de España. Porque una vez descabezado
el Ejército todo tendría que sujetarse a la lógica aritmética de la democracia
liberal. De ahí que la unidad de la
nación, lo que es más propio del ser de España, esté en grave peligro, porque
para nada se contempla que frente al fracaso de la fuerza de la razón se imponga
la razón de la fuerza. Sobre todo, cuando la indiferencia es la reacción
natural de nuestra sociedad. Una indiferencia que se ha venido gestando y que
hoy cursa en enfermedad muy grave: la falta de identidad nacional. Indiferencia
a la que mucho ha contribuido la eliminación del Servicio Militar obligatorio
(el pueblo en armas en defensa de su unidad, integridad y de sus valores)
llevada a cabo por el Gobierno de Partido Popular presidido por José María que adelantó la fecha
de supresión para cumplir la promesa que
le hizo a la izquierda.
Por eso la pregunta que me hago cobra pleno
sentido. ¿Qué hubiera pasado si los tenientes generales de entonces, en lugar
de desplantes que no eran más que posturitas de salón, hubieran pautado el
artículo VIII de la Constitución (“De la organización territorial del Estado”);
combatido a ETA (para que no hubiera asesinado hasta hartarse), y haber hecho
desfilar a las tropas, que menos que una vez, en Barcelona, Vascongada y
Melilla?
Dicho lo cual, y partiendo de la base de
que el Estado no es sólo la Corona y los tres poderes que lo constituyen,
porque el Estado es la sociedad vertebrada, no se nos escapa la gran
responsabilidad que cabe imputar a las Fuerzas Armadas en la quiebra del
sentimiento de unidad de España, por cuanto ellas son garantes, y en ellas
confía el pueblo lo más sagrado de la nación, su unidad e integridad,
realidades sin las cuales la Patria se destruye. Obligación que es además
mandato constitucional expreso, normado e imperativo.
Sobran pues los 25 minutos en su Día de Orgullo,
el desfile, que se nos antoja un tiempo excesivo, toda vez que ya ni los pijos
del PP, que nunca marcarán el paso porque se torcerían el pie, van a verles
desfilar con su banderitas de plástico compradas a los chinos.
Y ojo, porque la Corona existe en su
esencia cuando los pueblos que con esta forma de Estado se implican obtienen
resultados.
jueves, 28 de julio de 2016
El peligro no son algunos musulmanes, el peligro son todos los musulmanes
Pese
a que el problema ya es percibido con honda intensidad de realidad y
preocupación por todos los europeos, dándose el caso que muchos han rectificado
en sus valoraciones buenistas,
todavía siguen conviviendo en el discurso político tics totalmente inaceptables
como que “los atentados de los musulmanes son un ataque a todos los demócratas”
cuando en realidad son un ataque contra todos los europeos, seamos o no
demócratas liberales. Con todo, una cosa es cierta, ahora la realidad se ha
impuesto, o mejor dicho, nos la han impuesto, y ya nadie habla de “hacer
concesiones”. Es decir, que ya ni siquiera la izquierda habla de hacer
concesiones a los musulmanes, sino de mantener los valores y principios
democráticos mientras esperamos la siguiente matanza. Algo hemos avanzado.
Hay que dar un paso más, y Dios quiera que
no tengamos que darnos cuenta de ello tras un atentado monstruoso. Europa debe
saber que lo que está en juego es su propia existencia física, porque los
musulmanes avanzan por nuestro suelo sin control como parte del programa del Nuevo
Orden Internacional que se intenta imponer, determinado por Maastrique como
gran proyecto de la Masonería, enemiga del orden occidental cristiano. De lo
que se infiere que el mundo musulmán debe hacer reflexionar a Occidente, sobre
todo, porque tenemos a miles de sus hijos en nuestras naciones, cuyo peligro
nos obliga a articular golpes de emergencia a nuestra legitimidad
constitucional, una situación que coarta nuestras libertades de expresión y
movimiento, abiertamente ilegales, que se han convertido en una parte de
nuestro repertorio de legitimidad. Ojo, porque puede imponerse una narrativa enfocada
a una resistencia activa que ensalce la idea de insurgencia urbana.
De ahí que sobren las manifestaciones
buenistas, vengan de donde vengan, vengan del mismo Vaticano dictadas por un
Papa de bajísimo perfil intelectual y teológico, cuyo discurso, y en su justa
medida no ha dudado en cuestionar el ministro del Interior polaco con motivo de
las medidas de seguridad que ha tenido que imponer Polonia en previsión de
ataques terroristas musulmanes en la Jornada Mundial de la Juventud, sobre todo
tras la detención de un refugiado iraquí con material explosivo: “La actual
amenaza terrorista es resultado de décadas de la política de inmigración, de la
política del multiculturalismo y de aceptar durante años a inmigrantes de
Oriente Medio y del norte de África que no se integran en las sociedades de
Europa”.
Estamos ante un peligro real que nadie
oculta y que podemos apreciar en toda dimensión en las respuestas que da Jesús
M. Pérez, analista de Seguridad y Defensa, en la entrevista que le hace La
Razón con fecha 20 de julio de 2016:
¿Existe
alguna manera de cuantificar a los “lobos solitarios” en suelo europeo? No.
¿El aumento de los ataques en Europa
podría responder a una orden concreta de líderes yihadistas? Ya en 1996,
Obama Bin Laden decía que era deber de todo musulmán matar a estadounidenses y
ciudadanos de sus países aliados. ¿Cómo
puede Europa prevenir este tipo de ataques? Posiblemente veremos un cambio
en la respuesta policial.
A nivel mundial fue Samuel Phillips Huntington (1927 –
2008), politólogo y profesor, quien dio la voz de alarma en
1996, y como suele pasar cuando alguien pone el dedo en la llaga, se armó un
gran revuelo. Sobre todo, porque el problema que se empezaba a vislumbrar
todavía no era percibido como peligro por la ciudadanía occidental. Con todo,
su análisis era certero: “Vivimos en un mundo compuesto por múltiples
civilizaciones en conflicto”. Siendo así que su crítica al comportamiento de
los ciudadanos occidentales era oportuna: “hipócritas ocasionales y centrados
en sí mismos”. Y su advertencia clarividente: “las naciones occidentales
podrían perder su predominancia si fallan en reconocer la naturaleza de esta
tensión latente”. Así, en “Choque de civilizaciones y
reconfiguración del orden mundial”, articula su teoría sobre la necesidad que los estados-nación
europeos tendrán en el siglo XXI de regular sus políticas “en torno al concepto
de civilización”, si es que quieren tener futuro. Habla, pues, del concepto de
identidad étnica y cultural que la globalización amenaza. Que fue por lo que la
izquierda norteamericana y la europea, aparte de calificarle de “fascista”, se
le echó encima con el único argumento de usar mal lo datos de ese impacto aglutinador.
De ahí que la cuestión estribe en
plantearnos, y tener muy presente, que el peligro es la fe musulmana
compendiada en el Corán, sobre todo cuando entra en contacto con el mundo
occidental. Una fe que es fideista en
materia teológica y en su ética frente a la razón, siendo así que las
prescripciones y prohibiciones divinas son sus fuentes de Derecho. Lo que
ocasiona enormes dificultades para dialogar. Que es la primera y fundamental
cuestión que Occidente debería contemplar, y tener en cuenta.
Sin descartar poner de manifiesto la estupidez de la izquierda que ha perdido
toda credibilidad de mejorar el mundo, y que lo único que les queda es el furor
beligerante contra la fe cristiana, fundamentalmente católica, tratando de
establecer comparaciones imposibles desde el sentido común. Argumento que
contesta Fernando García de Cortázar (Tercera
de ABC de 21 de abril de 2015) en estos términos: “Establecer similitudes
esenciales entre el islamismo de nuestro tiempo y ese imaginario catolicismo
medieval es algo mucho peor que una falsificación. Es poner a un mismo nivel la
resistencia del radicalismo islámico a la modernidad del siglo XXI y las
posiciones del cristianismo que se movía en el mundo anterior al Renacimiento”.
Declaraciones que en algún sentido también contradecían lo que Francisco, Papa,
viene diciendo de la radicalidad del cristianismo en épocas pasadas, en sus
constantes visitas a mezquitas de todo el mundo.
Europa debe
retomar y expresar su impulso civilizador, porque lo que verdaderamente está en
juego es su propia existencia. Debe recobrar su identidad cristiana y aparcar
las utopías para volver a la senda que es necesario recordar, la senda de los
grandes combates a favor de una civilización asentada en el Derecho Natural: Hay
que enmendar el concepto de libertad religiosa que impone el liberalismo en
nuestras sociedades europeas sobre la base de tolerar absolutamente todo y no
enfrentarse a nada. Hay que arrumbar la pretensión de dictar una moral pública
laica obligatoria. Eso nos ayudaría a
comprender la matriz cultural de donde florecieron nuestros países.
De ahí, por tanto, la
necesidad de rearmarse porque las normas jurídicas vigentes no nos permiten
hacer frente a la situación de peligro en la que nos encontramos, y no podemos
permitirnos retrasar por más tiempo nuestra respuesta. Sobre todo, cuando
frente a nuestra falta de respuesta real el Estado Islámico sostiene un
discurso atractivo para el musulmán, cuya maquinaria propagandística combina la
conquista de la tierra invadida por los infieles; la brutalidad de sus huestes
como control a la amenaza cristiana, y el victimismo como forma de ensalzar el
sufrimiento y el martirio que llevan al paraíso de Alá. Discurso que algunos
quieren contrarrestar con programas para frenar las ideas del wahabismo saudí,
que es la corriente islámica más peligrosa, pese a las buenísima relaciones que
el mundo occidental mantiene con el Reino de Arabia Saudí, un reino sátrapa.
Hay que atreverse a decir que el musulmán
que convive pacíficamente en nuestras sociedades europeas es “religiosamente
tibio”, como nos dice José María Sandoval en su excelente trabajo “De
los males del islam” (Revista Arbil, número 118, vía Internet). Un
tibio que, como comprobamos a diario, siempre está a un instante de
radicalizarse y hacerse terrorista como nos lo revela un reciente estudio hecho
en Inglaterra, que advierte que “el treinta por ciento de los estudiantes
mahometanos británicos (inmigrantes de segunda generación) consideraba
justificado asesinar en nombre del islam”. Siendo así que no podemos
estructurar el peligro en relatos individuales que terminan en resonancia
fúnebres, mientras esperamos el siguiente atentado organizado en los suburbios
de nuestras ciudades donde se predica a Alá. Pues de lo contrario las
sociedades europeas terminaran confiando el futuro a dictadores y gritando…
¡Vivan las cadenas!
Por eso el peligro no son los radicales
musulmanes, sino todos los musulmanes, porque todos ellos pueden radicalizar,
no importando tanto las razones en la que sustente esa radicalización, que pueden
ser múltiples. Que es el protocolo con el que trabajan los servicios de
inteligencia y los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad de Europa, que tienen a todos
ellos en su punto de mira. Cuestión que obliga, repito, a plantearnos las
relaciones con países como Arabia Saudita, Qatar o Pakistán, los tres aliados
de EEUU y de la Unión Europea, verdaderos estados sátrapas y países
exportadores del yihadismo.
De esta forma convengo en afirmar tres
cosas. Primera. Que el peligro no son algunos, sino todos los musulmanes.
Segunda. Que hay que comprender que una civilización que se mundializa de la
forma en que lo ha hecho Europa está condenada a ser aniquilada por sus
enemigos. Tercera. Que si amamos nuestra
cultura y nuestra forma de vida tenemos que tomar conciencia de nuestra
identidad social, religiosa y étnica, y no preocuparnos tanto por la
integración de estas gentes como por su inmediata expulsión, y por
procedimiento de urgencia.
Por último permítaseme hacer una pregunta…
¿Qué colaboración proporcionan a Europa los musulmanes buenos que supuestamente también sufren el terrorismo de sus
hermanos musulmanes “malos”? Ninguna. No se les oye. Ocultan la tragedia y no
dicen nada.
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