(La
Gaceta, 17 de Septiembre de 2017)
Al
teniente coronel de la Guardia Civil, don Antonio Tejero, y al resto de los
participantes en el 23-F se les juzgó dos veces por el mismo delito. Algo
verdaderamente inaudito desde el punto de vista jurídico en una legalidad
garantista como la nuestra, que ha condenado a penas ridículas a terroristas
con muchos asesinatos a sus espaldas. Siendo que fue el Gobierno de Calvo
Sotelo quien instó a los jueces para que aplicaran la condena que ellos
consideraban oportuna. Condenas verdaderamente graves y, sobre todo,
desproporcionados a tenor de las pruebas que se dirimieron en sede judicial,
con el consiguiente añadido de la pérdida de sus carreras militares. Y que en
el caso del único civil condenado, señor García Carrés, la actuación
política-judicial fue absolutamente ignominiosa, pues se le metió en la cárcel
sin ninguna protección para su integridad física y moral, estando a merced de
insultos, amenazas y de poder ser asesinado por una población de delincuentes
hostil a su persona. Situación estresante en grado máximo que no pudo resistir,
a consecuencia de la cual murió de infarto. Claro que, puede que fuera para que
no hablase.
Algunos pidieron perdón por lo que
hicieron, creyendo que era lo mejor para España, y que supongo habrían pensado
muy mucho antes de hacerlo, tomando finalmente la decisión que en conciencia
creían más acertada: poner orden en la situación de deriva que vivía la nación,
y dar paso a un Gobierno capaz de ENDEREZAR la deriva, que desde luego no era
el de Adolfo Suárez, sostenido por un partido, UCD, que era un nido de
ambiciones desbordadas, cuyos miembros sólo buscaban su propia proyección
personal. Sin obviar dar una respuesta al terrorismo de ETA, que auxiliada, con
más o menos visibilidad, por todo el nacionalismo vasco, por una mayoría de su
clero y una gran parte de la población, cometía un promedio de más de
cien asesinatos al año, siendo el caso de un asesinato cada tres días. Un
terrorismo consentido por el Estado con el que el independentismo vino
presionando al Reino de España a fin de articular una patria vasca configurada
sobre la raza, la lengua y el txistu.
Otros escribieron, algunos incluso
entonando un mea culpa, y reconociendo veladamente, y por escrito, todo valor a
la legalidad que ellos habían intentado conculcar.
Sigo profesando una profunda admiración y
un sentido respeto por don Antonio Tejero, sobre todo por su silencio. Actúo
según lo pactado, renunciando, además, a su propia solución. Cumplió su parte
del plan con precisión y enorme pericia militar reconocida, alcanzando los
objetivos, y sin heridos. Espero confiado que los demás cumplieran. Se vio
traicionado y a los pies de los caballos. Y cuando se le propuso cambiar la
solución, leal y honesto a sus principios, se opuso. Pero ya sin tiempo no pudo
hacer prosperar lo que in extremis quiso proponer a la nación.
En el exterior del Congreso estuvimos hasta
altas horas de la madrugada muy pocas personas. La gran mayoría eran desafectos
a los conjurados. Siempre me quedará el honor de haber participado en la Carga,
que un grupo de patriotas realizamos sobre las 12 del mediodía del día 24,
sabiendo como sabíamos que Tejero pecharía “con treinta o cuarenta años de
cárcel”.
Y si algo falta en esta breve semblanza,
sería de destacar que un mes antes se asesinó, sin que hasta la fecha se haya
dado con los asesinos, con premeditación, alevosía y nocturnidad a Juan Ignacio
González, la pieza que hubiera faltado.

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